La foto vieja siempre aparece en el fondo de la caja. Un grupo de críos entornando los ojos bajo el sol, rodillas peladas, una bici heredada sin frenos y esa mirada un poco salvaje de los niños que se pasan el día entero fuera sin un solo adulto cerca. Tu abuela señala una cara entre la multitud. «Esa era yo. Salíamos por la mañana y volvíamos cuando se encendían las farolas». Luego se ríe, un poco sorprendida de sí misma, como si describiera otro planeta.
Hoy, esa misma calle está callada. Puertas cerradas, niños dentro, dedos deslizando pantallas luminosas en vez de tierra.
Algo poderoso se coló entre esas generaciones.
Casi nunca hablamos de ello.
1. Jugar fuera hasta que se encendían las farolas
Pregúntale a cualquiera nacido antes de los años 80 por su infancia y verás cómo se le ablanda la cara. Para muchos, el día empezaba con el portazo de una puerta con mosquitera y terminaba con el resplandor naranja de las farolas llamándoles a casa. Sin GPS, sin mensajes constantes, solo una norma no dicha: «Quédate donde alguien pueda oírte gritar».
Construían bases secretas detrás de los garajes, negociaban equipos de fútbol en el fondo de saco y aprendían qué vecino pegaba broncas y cuál te daba un vaso de agua.
La acera y los descampados fueron su aula mucho antes de que empezara el colegio.
Una mujer a la que entrevisté recordaba veranos enteros trazados solo por los lugares que sus pies descalzos conocían de memoria. «Estaba el asfalto agrietado cerca de casa de la señora Lee, la mancha de hierba fría bajo el arce, la zanja que siempre se inundaba después de las tormentas», me dijo. Los padres no contaban pasos con una app; escuchaban las risas y las discusiones lejanas.
Hoy, muchos niños conocen su barrio más por la ventanilla del coche que por sus propias pisadas. Un trayecto rápido de casa al colegio, a las actividades, al supermercado, siempre abrochados en el asiento de atrás.
Esa sensación de territorio, de «nuestra calle, nuestra esquina, nuestro árbol», se va desvaneciendo en silencio.
¿Por qué desapareció esta costumbre? En parte por miedo: las noticias 24 horas, las redes sociales y las historias virales hacen que el mundo parezca más peligroso de lo que dicen las estadísticas. En parte por estilo de vida: más tráfico, menos solares vacíos, más actividades estructuradas. Y en parte por cultura. La crianza pasó poco a poco de «ya lo resolverás» a «me quedo justo a tu lado».
La libertad se encogió, a menudo con la mejor de las intenciones.
El resultado es una generación de niños que quizá crece más segura, pero con menos oportunidades de ponerse a prueba por su cuenta en pequeñas situaciones cotidianas, en su propio terreno.
2. Hacer tareas domésticas de verdad (sin paga)
Pregunta a la gente mayor cuándo empezó a hacer tareas y rara vez oirás: «Cuando me daban paga». Oirás: «Cuando llegaba al fregadero». Fregar platos, tender la ropa con los dedos entumecidos, pelar patatas, ver a un hermano mayor fregar el suelo de rodillas.
Las tareas no se planteaban como un truco de productividad ni como un ejercicio para «forjar carácter». Eran, simplemente, la vida.
La casa era un proyecto compartido, y hasta los niños tenían un papel visible y esperado.
Un abuelo me contó que se subía a una silla para estirar la masa de los dumplings del domingo. Su madre no le felicitaba por ser «servicial»; solo le empujaba más harina y le decía: «Más fino». Otra mujer recuerda lustrar los zapatos el sábado por la noche, todos alineados como soldados, porque «solo teníamos un par bueno cada uno, y tenía que durar».
Aquellas tareas no se negociaban, y no se monetizaban. Ni tablas de tareas, ni pegatinas, ni «si recoges tu cuarto te compro un juguete».
Contribuías porque vivías allí. Ese era el trato.
Hoy, muchos abuelos observan en silencio cómo sus hijos adultos ponen el lavavajillas mientras los nietos hacen scroll en el sofá. No siempre dicen nada. Los tiempos han cambiado, las agendas van a reventar y muchos padres se sienten culpables por lo poco que están en casa.
Así que las tareas se vuelven opcionales, o transaccionales, o «ya lo hago yo, que tardo menos».
Seamos sinceros: casi nadie separa la colada con un niño de ocho años todas las semanas.
Pero cuando nos saltamos esas tareas compartidas, los niños pierden más que una habilidad. Se pierden la lección sutil de que el trabajo forma parte de la vida diaria: no es un castigo, no es un favor, es algo que hacemos juntos para que el mundo siga girando.
3. Arreglar y remendar en vez de tirar
Hubo un tiempo en que un botón perdido no significaba camisa nueva, y una silla coja no significaba un comedor nuevo. Para muchos de la generación mayor, «roto» significaba «proyecto del sábado por la tarde». Una aguja e hilo vivían en el cajón del salón. Una caja de herramientas básica estaba a mano, con ese olor tenue a aceite y madera vieja.
Los niños veían manos moverse despacio, con cuidado, haciendo útil otra vez lo que ya no lo era.
A veces les dejaban probar. Puntadas torcidas, tornillos apretados de más, y el orgullo brillando a través de los pequeños errores.
Un hombre me dijo que aprendió fracciones no en el colegio, sino midiendo madera con su padre en un garaje iluminado por una sola bombilla. Otra recuerda a su abuela convirtiendo los vaqueros rotos de su hermano en pantalones cortos para los dos, tarareando en voz baja mientras guiaba el pedal de una máquina de coser pesada. «No tirabas las cosas», dijo. «Le dabas vueltas. ¿Podría convertirse en otra cosa?»
Contrástalo con la moda rápida, los muebles en kit y la mentalidad de «entrega al día siguiente». Una camiseta manchada suele ir directa a la basura, no al costurero ni al montón de trapos.
Los niños crecen viendo los objetos como temporales, no como compañeros a los que cuidar.
La costumbre desapareció en parte porque los productos son más baratos, en parte porque las habilidades de reparación dejaron de transmitirse, y en parte porque el tiempo libre se encogió. Puedes reemplazar una lámpara con dos clics; aprender a recablearla es otra historia. Muchos abuelos aún saben zurcir calcetines o pegar una suela. Simplemente, casi nadie se lo pide.
Hay una pérdida silenciosa aquí: paciencia, coordinación mano-ojo, la satisfacción sencilla de salvar algo de la basura.
Transmitir aunque sea un hábito diminuto -coser un botón, engrasar una bisagra que chirría- mantiene vivo un hilo fino de ese mundo antiguo.
4. Ir andando al colegio por su cuenta
Para generaciones anteriores, ir al cole implicaba menos tráfico y más caminar. Cinco niños se juntaban en la esquina, mochilas dando saltos, alguien siempre llegaba tarde, alguien siempre iba corriendo. Sorteaban charcos, perros y adolescentes mayores en la parada del autobús. Aprendían a quién evitar y quién te ayudaría si algo iba mal.
Nadie lo llamaba «desarrollar resiliencia». Era simplemente la única manera de llegar a clase.
La acera se convertía en una especie de campo de entrenamiento para la independencia.
Una profesora jubilada recuerda estar en la puerta del colegio en los años 70, viendo llegar ríos de niños a pie, algunos desde kilómetros. «Veíamos las mismas parejas, los mismos grupos, cada mañana», dijo. «Para cuando cruzaban la puerta, ya habían resuelto la mitad de sus conflictos del día».
Ahora, a las puertas de muchos colegios, ves coches al ralentí, puertas abiertas de golpe, una avalancha de mochilas y despedidas rápidas. Los niños son entregados en la entrada como paquetes frágiles.
Incluso donde los barrios son relativamente seguros, la costumbre de ir andando solo se ha encogido hasta convertirse en algo que hace que los padres se sientan temerarios en vez de responsables.
Este cambio no es solo por miedo a los desconocidos. También tiene que ver con la presión del tiempo, los desplazamientos más largos y ciudades que crecieron alrededor de los coches, no de los pies. Muchos abuelos desean en silencio que sus nietos prueben ese pequeño bocado de autonomía diaria: elegir la ruta, gestionar el tiempo, aprender el ritmo del entorno.
Ese paseo enseñaba a los niños a leer el mundo: el tiempo, el ánimo de la calle, la cara del vecino tras la cortina.
Perderlo significa perder una microaventura diaria que repetía, una y otra vez: «Puedes llegar tú solo».
5. Mantener pequeños mundos privados: diarios, colecciones, clubes secretos
Antes de que las pantallas nos siguieran a todas partes, los niños solían tener mundos tranquilos y privados a los que ningún adulto entraba del todo. Un diario bajo el colchón. Una caja de zapatos llena de guijarros, entradas usadas y plumas olvidadas. Un club secreto bajo la escalera con contraseñas que cambiaban cada semana.
Estas cosas no se podían publicar ni compartir. Eran, simplemente… suyas.
Un lugar para probar ideas, guardar emociones y construir una vida interior sin un solo «me gusta».
Una abuela me enseñó un cuadernito diminuto, con el papel ya blando en los bordes. «Escribía aquí cada noche», dijo. «Casi todo tonterías. Quién me miró. Lo que me susurró mi amiga en el recreo». Nadie le corregía la ortografía ni le sugería temas. Otro hombre aún guarda el álbum de sellos que le regaló su tío cuando tenía ocho años. Horas emparejando colores, leyendo matasellos, imaginando países que nunca había visto.
Los niños de hoy sí tienen espacios privados, pero a menudo son digitales, ligados a plataformas diseñadas para rastrear, avisar y analizar.
La costumbre de cuidar un mundo interior completamente fuera de línea, donde nadie puede comentar, se va apagando en silencio.
Cuando los abuelos no transmiten estas costumbres, rara vez es porque no quieran. Muchos sienten que sus viejos rituales parecen «pasados de moda» al lado de tablets y relojes inteligentes, y por eso se callan. Sin embargo, un gesto sencillo -ofrecer un cuaderno en blanco, empezar una colección de piedras, construir juntos un fuerte de cartón- puede volver a abrir esa puerta.
«Mi abuela me dio mi primer diario y me dijo: “Escribe lo que quieras. No lo leeré a menos que me lo pidas”. No me di cuenta entonces, pero me estaba entregando una pequeña pieza de libertad».
- Ofrece herramientas, no normas: un cuaderno, una caja, un rincón de la habitación.
- Protege su intimidad en lugar de fisgonear «solo por comprobar».
- Comparte tus propias historias de clubes secretos o colecciones de infancia.
- Acepta que una parte de su mundo no te incluirá.
- Deja que estos hábitos sean desordenados, irregulares, profundamente personales.
6. Los hilos perdidos… y lo que aún podría salvarse
Hay más hábitos de los que podemos listar: cartas manuscritas a primos, saludar a todos los vecinos, aprender cocina básica mirando, no siguiendo recetas en una pantalla. La generación mayor a menudo lleva una caja de herramientas abarrotada de habilidades silenciosas y rituales cotidianos que no acaba de saber cómo traducir a esta época más rápida y más ruidosa.
Ven la vida de sus nietos llena de apps y citas, y, de algún modo, sus propias infancias empiezan a parecer irrelevantes, como una película en blanco y negro que ya nadie ve.
Y, sin embargo, cuando preguntas de verdad, las historias se desbordan. Cómo aprendieron a montar en bici sobre gravilla. Cómo compartían un solo juguete entre cinco hermanos. Cómo el aburrimiento les empujaba hacia la creatividad en vez de hacia un feed. Algunas de estas costumbres se han ido para siempre, y quizá está bien. No todo lo viejo era mejor.
Pero dentro de muchas familias aún hay sitio para recuperar uno o dos de esos hilos.
Un paseo juntos a la tienda, con el niño sujetando las monedas. Una pequeña lección de costura en una tarde de lluvia. Un juego en la calle que se alarga solo diez minutos más de la hora habitual de acostarse.
Desde fuera, estos gestos parecen pequeños. No salen bien en foto. No serán tendencia. Pero llevan un mensaje silencioso que no envejece: eres capaz, perteneces a este lugar, este mundo es tuyo para tocarlo y entenderlo, no solo para mirarlo a través de un cristal.
La generación mayor quizá nunca pueda devolver del todo aquella infancia abierta y salvaje que conoció.
Pero aún puede transmitir los hábitos que les hicieron sentirse en casa dentro de sus propias vidas.
| Idea clave | Detalle | Valor para el lector |
|---|---|---|
| Libertad al aire libre | Dejar que los niños exploren espacios cercanos con autonomía gradual | Ayuda a reconstruir la confianza, la resiliencia y el sentido de lugar |
| Responsabilidad cotidiana | Incluir a los niños en tareas y reparaciones apropiadas para su edad | Convierte el trabajo en vida compartida, no en castigo ni recompensa |
| Mundos interiores privados | Fomentar diarios, colecciones y pequeños secretos | Nutre la creatividad, la profundidad emocional y la confianza en uno mismo |
Preguntas frecuentes (FAQ)
- Pregunta 1 ¿Cómo pueden los abuelos compartir estas costumbres sin criticar a los padres modernos?
- Pregunta 2 ¿Y si el barrio no parece lo bastante seguro para dar libertad al aire libre?
- Pregunta 3 ¿Siguen siendo útiles las tareas si los niños ya van desbordados con el colegio?
- Pregunta 4 ¿Cómo interesar a niños amantes de las pantallas por remendar, caminar o escribir?
- Pregunta 5 ¿Qué hábito es el más fácil de recuperar primero?
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