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Este objeto de tu salón cumple hoy 100 años.

Persona ajusta un televisor retro mientras otra coloca un disco en un reproductor, todo sobre muebles de madera.

En un abarrotado laboratorio londinense una mañana de invierno, un rostro tembloroso del tamaño de un pulgar reescribió en silencio la forma en que los seres humanos pasarían sus veladas.

La mayoría de la gente en 1926 nunca había visto una imagen en movimiento fuera de un cine. Sin embargo, aquel día en el Soho, una máquina casera cosió luz, electricidad e imaginación para crear algo nuevo: una imagen en directo viajando por el aire. Aquel extraño artilugio acabaría convirtiéndose, poco a poco, en el rectángulo familiar que hoy domina los salones de todo el planeta.

El día en que la televisión salió de la teoría y entró en la realidad

El 26 de enero de 1926, en un modesto taller de Frith Street, en el Soho, el ingeniero escocés John Logie Baird invitó a un pequeño grupo de científicos y periodistas a presenciar un experimento.

El aparato que tenían delante no se parecía en nada a las pantallas elegantes de nuestros hogares. Zumbaba, traqueteaba y desprendía calor. Dependía de metal giratorio, lentes y un cableado tosco. Pero cuando Baird lo encendió, ocurrió algo que nadie había mostrado en público antes.

Por primera vez, se captaron imágenes en movimiento reconocibles, se transmitieron como una señal eléctrica y se recompusieron en tiempo real en otro lugar.

Lo que apareció era diminuto, borroso y monocromo. Un rostro humano de apenas unos centímetros de alto, centelleando en un blanco y negro fantasmal. La resolución era rudimentaria, más cercana a un teatro de sombras que a una emisión moderna. Aun así, todos en la sala lo entendieron: el principio funcionaba.

Cómo un disco perforado condujo a la pantalla del salón

El sistema de Baird no era la televisión que conocemos hoy. Era una televisión mecánica, construida en torno a un disco que giraba rápidamente con agujeros taladrados siguiendo un patrón preciso. La idea se remontaba al físico alemán Paul Gottlieb Nipkow, que en la década de 1880 imaginó usar un disco así para escanear una imagen línea por línea.

Baird tomó ese concepto y lo adaptó. Una luz iluminaba al sujeto. A medida que el disco giraba, cada orificio muestreaba una fina porción de la escena. Una célula fotoeléctrica convertía los cambios de brillo en una señal eléctrica. Esa señal viajaba por cable hasta un receptor, donde un disco equivalente, girando sincronizado, reconstruía la imagen con una pequeña fuente de luz.

Toda la imagen se construía a partir de una secuencia de pulsos de luz, cosidos con la suficiente rapidez como para que el cerebro percibiera un movimiento continuo.

El resultado era frágil. La imagen saltaba y parpadeaba. La tasa de fotogramas era baja. Cualquier oscilación del disco podía deformar la imagen. Pero el experimento demostró que las imágenes en movimiento no tenían por qué quedar atrapadas en bobinas de película. Podían enviarse en directo, casi al instante.

Un inventor entre muchos

La televisión no surgió de un único momento de “¡eureka!”. Los investigadores habían perseguido el sueño de la «visión a distancia» desde finales del siglo XIX. Decenas de ingenieros y físicos construyeron soluciones parciales: mejores células fotoeléctricas, amplificadores más sensibles, sistemas de escaneo más rápidos.

Baird se apoyó en los hombros de este silencioso ejército de manitas. Fue un experimentador incansable más que un genio aislado. Su valor residió en ensamblar piezas existentes en una demostración funcional y pública en una época en la que muchos aún creían que era ciencia ficción.

  • Años 1880: se propone el concepto del disco de Nipkow
  • Principios de 1900: mejoran los componentes electrónicos para el escaneo de imagen
  • 1926: demostración pública de Baird en Londres
  • Años 1930: los sistemas de televisión electrónica empiezan a superar a los modelos mecánicos
  • Tras 1945: el televisor se extiende rápidamente por los hogares de clase media

De los discos giratorios a los haces de electrones

El sistema de Baird quedó pronto superado. En los años 30, la atención se desplazó hacia la televisión electrónica, basada en tubos de rayos catódicos y escaneo electrónico, en lugar de piezas móviles.

En Estados Unidos, Philo Farnsworth desarrolló un tubo de captación de imagen totalmente electrónico. Vladimir Zworykin, trabajando para RCA, perfeccionó tanto las cámaras como los receptores. Sus diseños sustituyeron los discos zumbantes por haces de electrones invisibles que barrían pantallas de vidrio a gran velocidad.

La televisión electrónica aportó imágenes más nítidas, mayor estabilidad y tasas de fotogramas más altas, haciendo posible la radiodifusión pública regular.

Las cadenas empezaron con parrillas experimentales. La BBC lanzó servicios tempranos en el Reino Unido. Alemania y Estados Unidos siguieron con programación regular. A finales de los años 40 y durante los 50, el televisor pesado y cuadrado comenzó a pasar de los laboratorios y las salas de exposición a los salones y las salas de estar suburbanas.

Cómo la televisión conquistó el salón

Tras la Segunda Guerra Mundial, la televisión se subió a la ola del crecimiento económico y la urbanización. Los aparatos se abarataron. Las cadenas nacionales invirtieron en informativos, deportes y entretenimiento. Las familias reorganizaron los muebles alrededor de una pantalla luminosa.

Con las décadas, el dispositivo mutó una y otra vez:

Época Tecnología dominante Experiencia típica
1950–1970 Tubo de rayos catódicos (CRT) Pocos canales, visionado comunitario, “televisión de cita”
1980–1990 CRT en color, cable y satélite Zapping, mandos a distancia, cintas VHS
2000 Pantallas planas LCD y plasma DVD, primeros HD, consolas
2010–2020 Smart TV LED, OLED, Mini‑LED Plataformas de streaming, 4K, visionado bajo demanda

La promesa básica se mantuvo constante: imágenes en movimiento, sonido e historias compartidas, proyectadas directamente en casa. Casi todo lo demás cambió.

Era del streaming, el mismo rectángulo de siempre

Hoy, a muchos analistas les gusta declarar que la televisión está “muerta”, reemplazada por móviles, portátiles y feeds infinitos que se deslizan. La realidad es más matizada. El televisor se ha adaptado en silencio, absorbiendo nuevas tecnologías tan rápido como llegan.

Las smart TV modernas son, en esencia, grandes ordenadores con un panel acoplado. Ejecutan aplicaciones, se conectan por Wi‑Fi y hablan con asistentes de voz. Agrupan canales en directo, servicios de streaming, juegos de consola y vídeos domésticos bajo un solo mando.

La gran pantalla del salón se ha convertido en un centro neurálgico, mientras que la idea de «televisión» ha pasado de una parrilla de emisión a un flujo de contenidos bajo demanda.

Ahora la gente ve dramas de larga duración en Netflix, deporte en directo mediante apps de streaming, recopilaciones de TikTok desde navegadores integrados y señales de cámaras de seguridad de timbres con vídeo. La frontera entre “televisión” y “vídeo de internet” se ha difuminado casi hasta perder sentido, pero el aparato sigue siendo protagonista en muchos hogares.

Por qué este centenario importa

El 100.º aniversario de la demostración de Baird es más que un hito nostálgico. Pone de relieve lo raro que es que una tecnología de consumo sobreviva -y siga siendo relevante- durante un siglo entero.

Muchas tecnologías masivas anteriores se han desvanecido o han sido absorbidas por otras: el telégrafo, la máquina de escribir, incluso el teléfono fijo. La televisión ha esquivado ese destino reinventándose de forma constante, mientras conservaba una idea central sencilla: una experiencia visual compartida, a menudo vista en compañía.

Esta resistencia también nos dice algo sobre cómo vivimos. La televisión no es solo hardware. Ha moldeado la política, la cultura popular y la vida familiar. Llevó al hogar los alunizajes y las guerras. Dio a las sitcoms y a los concursos un lenguaje común entre países. Creó rituales: series de los domingos por la noche, grandes finales deportivas, maratones de última hora informativa.

Conceptos clave detrás de la pantalla, explicados de forma sencilla

Algunas palabras técnicas aparecen a menudo en las conversaciones sobre televisión sin demasiada explicación. Tres son especialmente centrales en su historia:

  • Radiodifusión (broadcasting): enviar el mismo programa a muchos receptores a la vez, tradicionalmente por ondas de radio. Así llegan los canales nacionales simultáneamente a millones de hogares.
  • Resolución: el número de píxeles usados para crear una imagen. La televisión mecánica temprana trabajaba con decenas de líneas; los televisores 4K modernos manejan en torno a 2160 líneas verticales.
  • Streaming: entregar vídeo por internet en pequeños fragmentos de datos, para que el espectador pueda empezar a ver casi de inmediato en lugar de esperar a una descarga completa.

Entender estas ideas ayuda a aclarar por qué la televisión ha seguido siendo adaptable. Cuando la radiodifusión pierde fuerza, el streaming toma el relevo. Cuando aumenta la resolución, la gente cambia de aparato para ajustarse a los nuevos estándares.

Imaginar los próximos 25 años en tu salón

Mirando hacia adelante, el próximo acto de la televisión parece menos centrado en la calidad bruta de imagen y más en la integración. Las pantallas ya son más finas que muchos marcos. En algunos hogares hacen de arte digital cuando están inactivas. A medida que bajan los precios, se vuelve viable tener varias pantallas en una misma estancia: una principal para películas, paneles más pequeños para estadísticas o chats mientras hay un partido.

Un escenario plausible combina el televisor con la realidad mixta. Un modelo de gama alta podría coordinarse con gafas ligeras para extender la imagen más allá del marco, añadiendo gradas virtuales o paneles de información adicionales que solo algunos espectadores verían. Otro cambio podría ser social: funciones de visionado conjunto en directo que permitan a amigos en distintas ciudades compartir un partido o una serie, con reproducción sincronizada y videollamada de baja latencia.

Estas posibilidades traen beneficios y riesgos. Un visionado más inmersivo y personalizado puede aumentar la implicación y hacer que los eventos vuelvan a sentirse especiales. Sin embargo, una mayor recopilación de datos y la curación algorítmica también reavivan preocupaciones conocidas sobre la privacidad, el tiempo de pantalla y las burbujas de filtros. El mismo objeto que antes difundía un único mensaje nacional ahora ajusta una realidad distinta a cada hogar -o incluso a cada perfil-.

Cien años después de aquella imagen vacilante en un laboratorio del Soho, la televisión ha recorrido un largo camino sin salir realmente del salón. La caja ha perdido su volumen, el disco ha desaparecido y los canales se han multiplicado más allá de lo contable, pero el ritual básico perdura: la gente se reúne, mira el reloj, elige algo que ver y deja que un rectángulo de luz llene la noche.

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