Algunos adolescentes parecen sentirse atraídos por el alcohol, mientras que otros apenas lo prueban, y la diferencia puede empezar en los circuitos de recompensa del cerebro.
Una nueva investigación en ratones adolescentes sugiere que un discreto apetito por el azúcar y la tendencia a ir por libre pueden anticipar quién acabará bebiendo más alcohol. Un modelo de inteligencia artificial pudo leer esas pistas en animales jóvenes, pero esos mismos patrones desaparecieron por completo en los adultos.
La IA detecta quién beberá más antes de la primera gota
El estudio, publicado en la revista Alcohol: Clinical and Experimental Research, utilizó un modelo de aprendizaje automático para predecir la preferencia por el alcohol a partir de una batería de pruebas conductuales. El trabajo se centró en ratones, pero la pregunta de fondo es profundamente humana: ¿por qué algunos adolescentes desarrollan hábitos de consumo de alcohol de riesgo y otros no?
La adolescencia es una etapa turbulenta para el cerebro. Las conexiones nerviosas se están reorganizando, los circuitos de recompensa están muy activos y la conducta social se vuelve más compleja. También es la edad en la que las personas suelen experimentar con el alcohol y otras sustancias, a veces sentando las bases de una dependencia a largo plazo.
Los investigadores descubrieron que solo los ratones adolescentes, no los adultos, mostraban señales conductuales claras que pronosticaban una preferencia posterior por el alcohol.
El equipo razonó que rasgos aislados como la ansiedad o la búsqueda de riesgo son demasiado burdos para captar esa vulnerabilidad. En su lugar, combinaron varias medidas de conducta y dejaron que un algoritmo de IA buscara patrones ocultos entre ellas.
Cómo funcionó el experimento
Los científicos estudiaron dos tipos de ratones: una cepa genéticamente uniforme (C57BL/6) y un grupo con mayor mezcla genética (Swiss). Esta elección ayuda a comprobar si los hallazgos dependen de un trasfondo genético particular.
Los animales se dividieron por edad:
- Ratones adolescentes: a partir del día posnatal 40 (46 animales)
- Ratones adultos: a partir del día posnatal 120 (79 animales)
Durante tres días, cada ratón pasó por una batería de pruebas para construir un “perfil conductual” individual. Las pruebas midieron:
- Búsqueda de novedad: mediante un hole-board, donde los “asomarse” con la cabeza a los agujeros del suelo indica curiosidad.
- Ansiedad: con un laberinto en cruz elevado, comparando el tiempo en brazos abiertos frente a cerrados.
- Sociabilidad: usando un dispositivo de tres compartimentos, registrando el tiempo cerca de un ratón desconocido frente a una cámara vacía.
- Afrontamiento del estrés: con una prueba de nado forzado, contando la conducta activa de trepar.
- Sensibilidad a recompensas naturales: ofreciendo una elección entre agua y una solución azucarada (sacarosa) y midiendo la preferencia por el líquido dulce.
Después, el foco pasó al alcohol. Cada ratón vivió solo durante cinco días y tuvo dos botellas: una con agua y otra con etanol al 10%. Los investigadores calcularon la preferencia por el alcohol como la proporción del líquido total que procedía de la botella con etanol.
Una técnica de IA llamada regresión de patrones vinculó después los datos conductuales con la conducta posterior de consumo. El conjunto de datos se dividió en grupos de entrenamiento y de prueba, de modo que el modelo aprendía con una parte de los animales e intentaba predecir la preferencia por el alcohol en los restantes.
Los dos rasgos que más importaron en los adolescentes
El modelo de IA pudo predecir de forma fiable cuánto alcohol elegirían los ratones adolescentes, basándose sobre todo en la preferencia por el azúcar y la sociabilidad.
Cuando los investigadores analizaron el grupo adolescente, aparecieron dos predictores claros:
1. Un marcado gusto por lo dulce apuntaba a un mayor consumo
Los ratones que bebían más solución de sacarosa antes incluso de ver alcohol tenían muchas más probabilidades de preferir el etanol cuando se les dio a elegir. En el modelo, la preferencia por la sacarosa mostró un vínculo positivo fuerte con la ingesta de alcohol.
Esto sugiere que una respuesta amplificada a recompensas naturales, como el dulzor, alimenta un mayor impulso hacia el alcohol durante la adolescencia. En segundo plano, esto probablemente refleja diferencias en los sistemas de recompensa del cerebro, incluidas las vías dopaminérgicas que responden tanto al azúcar como al alcohol.
2. Los ratones menos sociables bebían más
El segundo rasgo destacado fue la conducta social. Los ratones adolescentes que pasaban menos tiempo con otro ratón y más tiempo solos en la cámara vacía tendían más a beber posteriormente mayores proporciones de alcohol.
En otras palabras, una menor sociabilidad actuó como marcador de riesgo. Esto abre varias posibilidades: el contacto social puede amortiguar la búsqueda de alcohol, o los adolescentes socialmente retraídos podrían recurrir al alcohol como una especie de recompensa sustitutiva o estrategia de afrontamiento.
| Rasgo conductual (ratones adolescentes) | Relación con la preferencia posterior por el alcohol |
|---|---|
| Alta preferencia por la sacarosa | Predictor positivo fuerte (más azúcar, más alcohol) |
| Baja sociabilidad | Predictor negativo fuerte (menos tiempo social, más alcohol) |
| Ansiedad (prueba del laberinto) | Contribución débil a las predicciones |
| Búsqueda de novedad | Contribución débil, no fue un factor principal |
Contrariamente a algunas teorías anteriores, los niveles de ansiedad o la búsqueda de emociones fuertes apenas marcaron diferencias en las predicciones de la IA. Esos factores estaban presentes en el modelo, pero no tuvieron mucho peso.
Los cerebros adultos seguían otras reglas
El resultado negativo más llamativo vino de los ratones adultos. Cuando se aplicaron los mismos datos conductuales y los mismos métodos de IA, el modelo no logró predecir quién bebería más alcohol. Los hábitos de consumo de los adultos parecían desligados de los rasgos medidos previamente.
Patrones que señalaban claramente el riesgo en adolescentes no significaban nada en adultos, lo que sugiere un cambio fundamental a medida que el cerebro madura.
Esto apoya la idea de que la adolescencia es una ventana especial de vulnerabilidad, en la que la configuración del sistema de recompensa y del circuito social ejerce una influencia desproporcionada sobre la conducta relacionada con las drogas. En la edad adulta, el consumo de alcohol podría depender más de otros factores, como experiencias previas, asociaciones aprendidas u otros aspectos de la personalidad que aquí no se captaron.
Qué podría significar esto para los adolescentes humanos
El estudio se realizó en ratones, en condiciones de laboratorio estrictamente controladas, por lo que los hallazgos no se traducen directamente a adolescentes humanos. Los adolescentes viven en entornos sociales mucho más complejos, influidos por los iguales, las normas familiares, las actitudes culturales y el acceso al alcohol.
Aun así, el trabajo sugiere algunas ideas que encajan con la conducta humana:
- Las personas que reaccionan con fuerza a recompensas naturales, incluidos los alimentos dulces, también podrían experimentar con más intensidad los efectos gratificantes del alcohol.
- Los adolescentes que se sienten socialmente desconectados podrían tener mayor riesgo de usar el alcohol como muleta.
- El riesgo puede surgir de una combinación de sensibilidad a la recompensa y experiencias sociales, más que de un único rasgo como la ansiedad.
La biología que hay detrás también resulta sugerente. El sistema dopaminérgico, crucial para sentir placer y motivación, responde tanto al azúcar como al alcohol. Otro conjunto de neuronas que libera una molécula llamada orexina, implicada en la alimentación y la búsqueda de recompensas, podría ayudar a impulsar este vínculo. Y la oxitocina, a menudo etiquetada como la hormona del “vínculo”, podría afectar a cómo el contacto social compite con -o potencia- el atractivo del alcohol.
Limitaciones y próximos pasos
La investigación tiene varias salvedades. La muestra adolescente fue relativamente pequeña, lo cual no es ideal para métodos de aprendizaje automático que suelen rendir mejor con grandes conjuntos de datos. El equipo utilizó validación cruzada para reducir el sobreajuste, pero se necesitan estudios más amplios para comprobar cuán robustas son realmente estas predicciones.
Los ratones también pertenecían solo a dos cepas, que, aunque diferentes, no reflejan todo el espectro de diversidad genética. Distintas cepas muestran distintos niveles basales de ansiedad y sociabilidad, lo que podría cambiar el rendimiento del modelo.
Trabajos futuros podrían probar enfoques similares en otros modelos animales, o examinar si intervenir sobre sistemas como la orexina o la oxitocina cambia la preferencia por el alcohol en sujetos jóvenes. También es probable que los investigadores evalúen si combinar medidas conductuales con neuroimagen o marcadores genéticos afina aún más la predicción.
Enfoques prácticos: qué pueden vigilar padres y clínicos
Aunque este estudio no puede usarse directamente como herramienta de cribado para adolescentes humanos, encaja con señales de alerta ya señaladas en la investigación sobre salud mental y adicciones. En la vida real, algunos patrones podrían ser motivo de preocupación:
- Fuerte atracción por experiencias muy gratificantes (comida, videojuegos, redes sociales) que parecen difíciles de regular.
- Retraimiento social persistente, soledad o evitación de los iguales, especialmente si se combina con cambios de estado de ánimo.
- Uso de sustancias o conductas como forma de afrontar el estrés o el aislamiento.
Eso no significa que todos los adolescentes tranquilos o a los que les guste el azúcar vayan a beber en exceso. El riesgo es probabilístico, no un destino. Pero el estudio sugiere que prestar atención a cómo responden los jóvenes a las recompensas cotidianas y al contacto social podría ayudar a diseñar apoyos más tempranos y específicos.
Por ejemplo, intervenciones que desarrollen habilidades sociales, refuercen amistades y ofrezcan actividades alternativas gratificantes -deporte, música, voluntariado, aficiones creativas- podrían contrarrestar el tirón del alcohol durante esta fase sensible del desarrollo cerebral. A la vez, observar cómo los adolescentes usan otras recompensas, como las bebidas azucaradas, los videojuegos o las redes sociales, puede aportar un contexto útil al hablar sobre el riesgo de consumo de sustancias.
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