Los dientes suelen tratarse como una cuestión estética.
Para las personas mayores, puede que estén determinando en silencio cuánto tiempo viven.
Nuevas investigaciones, en gran parte procedentes de Japón, sugieren que el estado de la boca en la vejez hace mucho más que afectar a la sonrisa. Puede predecir cuánto tiempo seguimos siendo independientes, evitamos camas de hospital y, en última instancia, cuántos años nos quedan.
Salud bucodental y esperanza de vida: un vínculo sólido y pasado por alto
Durante décadas, los médicos han sabido que la enfermedad periodontal crónica y la pérdida de dientes se asocian con problemas cardíacos y diabetes. Lo que ha sido menos evidente es si el estado de la dentición de una persona puede ayudar a pronosticar su esperanza de vida restante con tanta precisión como la tensión arterial o el peso.
Ahora, estudios a gran escala en Japón están aportando cifras más claras a esa cuestión. Allí, los investigadores han seguido a cientos de miles de personas durante varios años, registrando cuidadosamente no solo cuántos dientes tenía cada persona, sino si cada uno estaba sano, empastado, cariado o ausente.
Entre los adultos mayores de 75 años, cuantos más dientes sanos o restaurados profesionalmente tenga alguien, menor es su riesgo de muerte por cualquier causa.
En un análisis de 190.282 adultos de 75 años o más, dirigido por un equipo de la Universidad de Osaka, cada diente se clasificó en cuatro categorías: sano, empastado, cariado o ausente. Cuando los investigadores compararon estos registros dentales con los datos de supervivencia, surgió un patrón claro. Las personas con más dientes sanos o correctamente empastados tenían menos probabilidades de morir durante el periodo de seguimiento. Quienes presentaban bocas dominadas por dientes cariados o ausentes afrontaban una mayor mortalidad.
Por qué los dientes nos dicen tanto sobre el cuerpo
Esto no va solo de aspecto o comodidad. La boca es una puerta de entrada al resto del cuerpo, y los problemas en ella pueden desencadenar una reacción en cadena.
La inflamación crónica viaja mucho más allá de las encías
Las bolsas periodontales profundas y las caries no tratadas albergan bacterias. Estas bacterias y las moléculas inflamatorias que desencadenan no se quedan allí. Se cuelan en el torrente sanguíneo y pueden irritar los vasos sanguíneos, sobrecargar el corazón y poner a prueba a los riñones y al cerebro.
La inflamación crónica de bajo grado se ha vinculado a una larga lista de afecciones asociadas al envejecimiento: aterosclerosis, ictus, algunas formas de demencia e incluso fragilidad. Una mala salud bucodental alimenta ese “ruido de fondo” inflamatorio.
Una boca descuidada actúa como una infección constante de baja intensidad, elevando señales inflamatorias que empujan al cuerpo hacia la enfermedad de forma más temprana.
Cuando falla la masticación, la nutrición va detrás
También existe una vía mucho más mecánica desde la pérdida dental hasta la muerte prematura: la simple dificultad para comer. La falta de dientes o el dolor al masticar hace que triturar alimentos duros sea un esfuerzo o directamente imposible. Las personas ajustan en silencio lo que comen.
- Las verduras crujientes se sustituyen por opciones más blandas y menos fibrosas.
- La carne y los frutos secos pueden abandonarse por completo.
- Los alimentos ultraprocesados, fáciles de masticar, empiezan a dominar el plato.
Este cambio reduce proteínas, vitaminas y minerales justo a la edad en la que el cuerpo más los necesita para mantener la musculatura y la inmunidad. Con el tiempo, una mala masticación puede derivar en pérdida de peso, debilidad, más caídas, estancias hospitalarias más largas y, en última instancia, una vida más corta.
La calidad de los dientes supera al simple recuento
No todos los dientes que quedan son iguales. Una boca con 20 dientes, la mitad cariados, es muy distinta de una boca con 14 dientes que son estables y funcionales. Los investigadores han puesto a prueba esta idea comparando distintas maneras de medir el estado bucal en personas mayores.
Un estudio en la revista BMC Oral Health analizó tres modelos para estimar el riesgo de mortalidad:
| Modelo | Qué cuenta | Qué bien predice la mortalidad |
|---|---|---|
| Modelo 1 | Solo dientes sanos | Capacidad predictiva moderada |
| Modelo 2 | Dientes sanos + empastados (dientes funcionales) | Mayor capacidad predictiva |
| Modelo 3 | Dientes sanos + empastados + cariados | Menos preciso que el Modelo 2 |
El modelo que se centró en dientes en buen estado funcional, ya fueran naturales o restaurados, predijo el riesgo de mortalidad con más precisión. Cuando se añadieron los dientes cariados al recuento, la predicción se volvió menos nítida, lo que sugiere que la función y la calidad importan más que la mera cantidad.
Los investigadores observaron una clara curva dosis–respuesta: a medida que aumenta el número de dientes funcionales, la esperanza de vida tiende a incrementarse.
Este patrón se mantuvo en hombres y mujeres, y en personas con distintos pesos, hábitos de tabaquismo y tratamientos médicos. La salud bucodental destacó como una señal independiente por sí misma.
Fragilidad oral: cuando la boca señala un deterioro global
En la medicina geriátrica, está ganando terreno un nuevo concepto: la “fragilidad oral”. Considera la boca como un sistema, no solo como una hilera de dientes. Investigadores japoneses siguieron durante seis años a más de 11.000 personas mayores de 65 años. Registraron un conjunto de síntomas:
- Pérdida de dientes o prótesis mal ajustadas
- Dificultad para masticar o tragar
- Sequedad bucal
- Problemas del habla vinculados a la lengua o las mandíbulas
Los participantes que mostraban al menos tres de estos signos se consideraron con fragilidad oral. Ese grupo tenía más probabilidades de perder independencia en la vida diaria y más probabilidades de morir antes que sus iguales sin esos problemas.
A los 65, los hombres sin fragilidad oral disfrutaban de unos 23,4 años de esperanza de vida saludable. Con fragilidad, esa cifra bajaba a 22 años. En las mujeres, la diferencia también superó un año completo de vida saludable. Puede sonar modesto sobre el papel, pero representa muchos meses adicionales de salir a caminar, cocinar, socializar y vivir sin discapacidad grave.
Visitas al dentista como una forma de seguro de vida
Un elemento aparece repetidamente en estos estudios: la atención dental regular. En las cohortes japonesas, las personas mayores que habían acudido al dentista al menos una vez en los seis meses previos tendían a vivir vidas más largas y saludables que quienes se saltaban las visitas.
Las revisiones dentales rutinarias en la vejez parecen retrasar el deterioro de la masticación y la deglución, con efectos en cadena sobre la nutrición, la movilidad y la independencia.
Estas citas no se limitan a eliminar el sarro. Los dentistas pueden detectar enfermedad periodontal incipiente, reparar caries pequeñas antes de que causen infección, ajustar prótesis y detectar signos de sequedad bucal o cáncer oral. Para algunas personas mayores, el sillón dental es uno de los pocos contactos médicos que aún mantienen.
El acceso a este tipo de atención también refleja realidades sociales más amplias. Tener dientes reparados suele indicar que una persona dispone tanto de dinero como del apoyo práctico para llegar a una clínica. La caries sin tratar, en cambio, puede señalar dificultades económicas, aislamiento social u otras barreras que también acortan la vida.
Medidas prácticas que realmente prolongan los años saludables
Los datos pueden parecer abstractos, pero las acciones diarias que hay detrás son sencillas. En adultos de mediana edad y mayores, incluso pequeños cambios pueden inclinar la balanza a su favor.
Hábitos cotidianos que protegen tanto la boca como la esperanza de vida
- Cepillarse dos veces al día con pasta fluorada, prestando atención al margen de las encías.
- Usar cepillos interdentales o hilo dental al menos varias veces por semana para eliminar la placa entre los dientes.
- Limitar los tentempiés azucarados y las bebidas dulces para reducir el “combustible” de las bacterias que causan caries.
- Mantenerse hidratado y consultar a un médico si los medicamentos provocan sequedad bucal.
- No fumar; el tabaco es un gran impulsor de la enfermedad periodontal y del cáncer oral.
- Programar revisiones dentales periódicas, aunque todavía no duela nada.
Para quienes ya han perdido varios dientes, unas prótesis bien ajustadas o los implantes pueden devolver potencia de masticación y mejorar la nutrición. Eso, a su vez, sostiene la masa muscular y la inmunidad. Los ejercicios orales -movimientos sencillos de la lengua o ejercicios de masticación recomendados por logopedas- pueden ayudar a mantener la deglución y el habla.
Qué significan realmente términos como “inflamación” y “fragilidad” en este contexto
La investigación sobre salud bucodental y esperanza de vida se apoya mucho en dos ideas: la inflamación sistémica y la fragilidad. Ambas pueden sonar vagas, así que ayuda imaginarlas en términos cotidianos.
La inflamación sistémica es como un pequeño fuego que nunca termina de apagarse en el cuerpo. En lugar de brotar brevemente tras una lesión y resolverse, el sistema inmunitario permanece ligeramente activado. La enfermedad periodontal es una de las chispas que mantiene ese fuego humeante. Con los años, ese calor constante daña vasos sanguíneos, articulaciones y órganos.
La fragilidad describe un estado en el que se pierde resiliencia. Una persona mayor robusta puede recuperarse de una infección leve o una caída. Una persona frágil puede acabar en el hospital, en cuidados de larga duración o morir por el mismo evento. La fragilidad oral encaja en este cuadro: cuando se debilitan la masticación, la deglución y el habla, la vida social se reduce, la dieta empeora y la recuperación tras una enfermedad se ralentiza.
Escenarios que muestran cómo los dientes pueden moldear la última década
Imagina a dos personas de 78 años. La primera tiene 22 dientes bien mantenidos y acude al dentista una vez al año. Come ensaladas, manzanas, frutos secos y pescado a la plancha sin pensarlo. Charla con facilidad con amistades en un club local. Su salud bucodental le ayuda a mantener el peso estable y los músculos fuertes.
La segunda ha perdido la mayoría de las muelas y tiene problemas con unas prótesis flojas. Masticar carne o verduras crudas es incómodo, así que se apoya en pan blando, puré de patatas y postres. Evita las comidas sociales porque teme que se le muevan las prótesis. Su ingesta de proteínas disminuye sin hacer ruido, pierde músculo y caminar hasta la tienda se vuelve agotador. Tras un episodio leve de neumonía, no recupera del todo la fuerza. Estadísticamente, sus probabilidades de morir antes son mayores, y los años que le queden pueden estar más limitados por la discapacidad.
Ese contraste ilustra por qué los investigadores en geriatría sostienen ahora que la odontología debería situarse junto a los controles de tensión arterial y las vacunas en las estrategias de salud pública para poblaciones envejecidas. Una boca funcional no es un lujo añadido a los cuidados. Es una parte crucial de vivir más tiempo y con mejor salud.
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